
Miércoles 24 de junio. 17:45 horas. Edificio UAEMitas, Universidad Autónoma del Estado de México. La oficina de la Dirección General de Comunicación Social Universitaria está casi vacía.
El silencio en los pasillos del inmueble resulta extraño para una tarde laboral. La explicación es sencilla: a las 19:00 horas la Selección Mexicana disputa su tercer partido en la Copa del Mundo 2026 y buena parte de los trabajadores universitarios adelantaron el regreso a casa para no perderse el encuentro.
En la Dirección apenas quedan algunas luces encendidas y cuatro periodistas mirando de vez en cuando el reloj. ¡Qué alivio! No llovió.
Lázaro, el fotógrafo, instala su equipo con cierta ansiedad; Indalecio y Hugo, los camarógrafos, revisan las baterías de su cámara. Preguntan dónde se realizará la entrevista. Hay inquietud, la misma que se respira en buena parte del país cuando juega la Selección Nacional en un Mundial.
Se escucha cuando el elevador se detiene en el piso 8 del edificio y luego el eco de los pasos. Aparece Carlos Alberto Badillo Cruz con un portafolio del que luego sacará fotografías y un cuaderno de bocetos, en el cual se gestó y registró la evolución del mural.
El artista plástico de la Universidad Autónoma del Estado de México llega sin estridencias. Su carácter discreto contrasta con la magnitud de la obra que acababa de colocar en el mapa internacional. Habla con serenidad, mide las palabras y parece sentirse más cómodo explicando el trabajo colectivo detrás de un mural que hablando de sí mismo. Y, sin embargo, la pieza que coordinó difícilmente pasa desapercibida.
A kilómetros de aquí, en la avenida Centenario esquina con Oriente, frente al Metro Martín Carrera, una pared de 200 metros cuadrados se transformó en una gigantesca narrativa visual dedicada al futbol. Narra la evolución de este deporte desde el juego de pelota mesoamericano hasta la Copa Mundial FIFA 2026.
El mural, titulado simplemente Futbol, fue concebido para conmemorar la Copa del Mundo 2026 y hoy presume un récord Guinness como el mural pintado con pincel más grande del mundo.
Mientras millones de aficionados se preparan para ver el tercer partido de la Selección Nacional en este mundial, Badillo relata otro partido: el que él y cinco artistas disputaron contra el tiempo, las dimensiones del muro y la responsabilidad de representar a México ante los ojos del mundo. “Fue algo muy emocionante y de mucho compromiso”, resalta.
La obra requirió más de un año de investigación y tres meses de ejecución.
Junto con José Cruz Pacheco, Andree Orozco, Francisco Thomas Arriaga, Vivian Velázquez Ventura y Christian Zúñiga Lazcano, el universitario construyó una línea narrativa que inicia con el origen del cosmos, atraviesa las culturas mesoamericanas y el juego de pelota, pasa por la fundación de los primeros equipos de futbol en México y llega hasta las grandes figuras y momentos mundialistas.
La historia corre a lo largo del muro como un pase preciso de una época a otra. Badillo cuenta el proceso con la misma calma con la que describe una investigación académica.
Habla de síntesis visual, de patrimonio cultural y de la dificultad de condensar siglos de historia en una sola imagen. No presume el récord Guinness; lo menciona como una consecuencia del trabajo.
Recuerda que fueron los propios representantes de la certificadora quienes sugirieron ampliar el proyecto para convertirlo en una marca más difícil de superar.
Durante doce semanas, los artistas trabajaron entre andamios, ruido vehicular, cambios de clima y el ritmo inagotable de la Ciudad de México. Desde las alturas observaron choques, operativos policiacos, discusiones callejeras y, sobre todo, a cientos de personas que se detenían para contemplar el avance de la obra y felicitarlos.
Esa interacción, dice, fue una de las experiencias más significativas. Porque para Badillo el arte encuentra su verdadera dimensión cuando abandona las galerías y se vuelve parte de la vida cotidiana.
Quizá esa idea explique también buena parte de su trayectoria. Egresado de la UAEMéx como diseñador gráfico, encontró en el muralismo una forma de dialogar con comunidades enteras.
Desde entonces ha dejado huella en distintos espacios universitarios: murales elaborados con vidrio reciclado de una obra de Leopoldo Flores, composiciones hechas con monedas recolectadas por estudiantes, piezas construidas con azulejos y proyectos colaborativos donde el alumnado se apropia de los muros que ayuda a colorear.
Mientras habla de esos proyectos, la conversación se aleja inevitablemente del récord Guinness para volver a un tema recurrente: el sentido de pertenencia.
El frío aprieta en el acceso al Edificio UAEMitas. La hora del partido se acerca. Lázaro recoge sus lámparas, pone las tapas a los objetivos. Indalecio y Hugo hacen sus pronósticos sobre el partido. Con ansiedad observan el reloj por última vez. La ciudad es cada vez más silenciosa, comienza a prepararse para noventa minutos de emociones.
Badillo parece ajeno a la urgencia futbolera. O quizá no. Después de todo, durante más de un año vivió inmerso en la historia de este deporte. La diferencia es que él ya jugó su propio mundial. Y lo ganó con pinceles.
Su recompensa no fue una copa ni una medalla. Fue dejar una obra que hoy forma parte del paisaje urbano de la Ciudad de México, que al aparecer en las redes de la FIFA, en automático resulta en una recomendación para los visitantes del Mundial y que miles de personas pueden tocar, fotografiar y recorrer todos los días, que ya aparece en la cromática de los taxis.
Un mural destinado a contar la historia del futbol. Y, al mismo tiempo, la historia de un artista universitario que prefiere hablar de su obra antes que de sí mismo.
Termino de escribir estas líneas y el partido también terminó. México ganó 3-0 a Chequia y, como ocurre cada vez que la Selección avanza, una oleada de festejos comenzó a escucharse desde distintos puntos de la ciudad. Afuera, los cláxones celebran; adentro, queda la historia de otro triunfo, menos ruidoso pero igualmente significativo: el de un artista de la UAEMéx que, con paciencia, investigación y trabajo colectivo, logró que un muro pintado a pincel llevara un pedazo de México a los ojos del mundo.
Quizá por eso la coincidencia resulta perfecta: mientras once jugadores defendían los colores nacionales en la cancha, Carlos Alberto Badillo Cruz ya había conseguido que la cultura mexicana anotara su propio gol en el escenario mundial.
