
En medio de la guerra con Irán, el presidente de Estados Unidos, Donald Trump, dejó un mensaje que sacude el tablero energético global: su país no necesita el petróleo del estrecho de Ormuz y no piensa asumir la responsabilidad de proteger esa ruta clave.
Durante un discurso a la nación, el mandatario insistió en que Washington puede prescindir del crudo que transita por ese paso estratégico —por donde circula cerca de una cuarta parte del petróleo mundial— y trasladó la presión a otros países.
“Estados Unidos prácticamente no importa petróleo a través del estrecho de Ormuz… No lo necesitamos”, afirmó Trump, marcando distancia de una crisis que ya está impactando los mercados internacionales.
Pero detrás de ese mensaje hay una jugada más amplia. En los últimos meses, la política energética de Washington ha girado hacia el control y aprovechamiento de otras fuentes, especialmente en América Latina. Tras la intervención en Venezuela y el interés declarado por su industria petrolera, la Casa Blanca ha reforzado su narrativa de autosuficiencia energética.
Con ese respaldo, Trump elevó el tono hacia sus aliados. Les pidió “coraje” y los instó a actuar por su cuenta si quieren garantizar su acceso al petróleo bloqueado por Irán.
“Vayan por su petróleo”, dijo, en una frase que refleja un cambio de postura: Estados Unidos ya no se presenta como garante global, sino como un actor que prioriza sus propios intereses y deja a otros asumir los riesgos.
El estrecho de Ormuz, vital para economías de Europa y Asia, permanece prácticamente paralizado tras su cierre por parte de Irán, lo que ha disparado los precios del crudo y generado temor a una crisis energética global.
En ese contexto, Trump ofreció dos salidas: comprar petróleo a Estados Unidos —“tenemos de sobra”, aseguró— o intervenir directamente para asegurar el paso.
